En este gran puente de Carnaval también vamos a leer. Seguro que sí. No lo dudéis. Hay tiempo para todo. Así que busquemos un hueco para coger un libro y echar un ratito de buena lectura. Tenemos 5 días para hacer muchas cosas, incluido leer. No lo desaprovechemos.
Vamos a leer un cuento ahora...
El gran susto
Adaptación del cuento popular de Suiza
Una noche de verano la pequeña Laura
estaba tumbada en su camita. Hacía mucho calor, y como no era capaz de
dormir, se entretenía mirando la hermosa luna llena a través de la
ventana abierta, mientras pensaba:
– Es tan blanca y luminosa… ¡Parece gran un farol alumbrando al mundo!
Estaba relajada y feliz viendo el cielo
cuando de repente, sobre la mesa de estudio que estaba colocada bajo la
ventana, distinguió una extraña silueta a contraluz. Se fijó bien por si
era una de sus muñecas, pero enseguida se dio cuenta de que no porque…
¡la silueta en cuestión empezó a moverse de un lado a otro
descontroladamente!
Una horrible sensación de espanto recorrió su cuerpo de pies a cabeza y se puso a chillar.
– ¡Aghgggggh!… ¡Socorro, socorro! ¡Hay un monstruo en mi cuarto! ¡Hay un monstruo en mi cuarto!
La niña estaba fuera de sí porque creía
haber visto un ser terrorífico, pero en realidad se trataba de un
inofensivo ratón que se había colado en el dormitorio buscando miguitas
de pan.
———-
La reacción del inocente animal al
escuchar los gritos también fue de campeonato. Al primer alarido dio un
bote que casi tocó el techo; inmediatamente después salió disparado a
esconderse en el primer sitio que encontró, y este fue… ¡la cama de
Laura! Sin saber dónde se estaba metiendo, saltó al colchón y se deslizó
entre las sábanas, completamente aturdido y desorientado.
Fue entonces cuando sucedió algo
inesperado que complicó aún más la situación: sin querer, su cuerpecito
peludo rozó los pies de la niña y esta, al notarlo, empezó a dar
berridos aún más espeluznantes.
– ¡Aghgggggh!… ¡Aghgggggh!… ¡Mamá, mamá, ayúdame! ¡Ahora el monstruo se ha metido en mi cama y quiere atacarme!
Desesperada, se levantó de un salto y corrió a acurrucarse en un rincón de la habitación.
Como te puedes imaginar, tras el
contacto con el supuesto monstruo la niña estaba aterrorizada, pero… ¿y
el ratón? ¡Pues el pobre también se llevó el susto de su vida! Como
nunca había visto un ser humano, cuando los pies fríos de Laura le
tocaron entró en pánico. Fue entonces cuando ella se levantó de la cama
para esconderse en el rincón, y él, con los pelos erizados como púas,
aprovechó para escabullirse en dirección opuesta. De hecho, corrió a mil
por hora hasta que, gracias a su agudo olfato, localizó el huequecito
que comunicaba con su madriguera.
La mamá ratona lo vio llegar con lágrimas en los ojitos y temblando como una gelatina.
– Pero hijito, ¿qué te ocurre? ¡Ni que hubieras visto un fantasma!
El joven roedor se abrazó a ella.
– ¡Mamita, no sabes
lo mal que lo he pasado! Salí a buscar algo para comer y no sé cómo
acabé en un lugar donde había un monstruo enorme que no hacía más que
gritar. ¡Ha sido la peor experiencia de toda mi vida!
La ratona trató de calmar a su hijo con una buena dosis de mimos. Acariciándole la cabecita, le dijo:
– Tranquilo,
chiquitín, ya estás a salvo. La próxima vez tienes que tener un poquito
más de cuidado para evitar meterte en situaciones desagradables ¿de
acuerdo?…
– Sí, mamá. ¡No quiero ver un monstruo de esos nunca más!
– Claro que no, hijo mío. Ven, voy a darte algo que sé que te gusta mucho para que te sientas mejor.
El ratoncito aceptó con mucho agrado la
pastilla de chocolate que le regaló su madre y comenzó a roerla. Durante
un ratito disfrutó como nunca el delicioso sabor a cacao azucarado que
tanto le entusiasmaba. Sin darse cuenta, se fue tranquilizando y empezó a
bostezar.
Mientras tanto, la madre de Laura,
alertada por los chillidos, había acudido corriendo al cuarto de la
niña. La encontró en una esquina, sentada con la cabeza entre las
piernas y tiritando de miedo.
– ¿Pero qué te pasa, cariño? ¿Qué haces ahí y por qué gritas de esa manera?
Laura se lanzó a sus brazos.
– ¡Ay, mamá, ha
sucedido algo terrible! Había un monstruo en mi dormitorio y el muy
desalmado se metió en mi cama porque quería atacarme… ¡Estoy muy
asustada!
La mujer la apretó contra su pecho.
– Cariño, ¡los monstruos no existen! Respira hondo que ya pasó todo. Fíjate bien, ¡aquí no hay nadie!
– Pero mamá…
– Los monstruos
solamente viven en los cuentos, son de mentira. Venga, vuelve a la cama
que yo me quedaré contigo hasta que te duermas ¿de acuerdo?
Laura apoyó la cabecita en la almohada y
su mamá le dio un beso en la frente; después, la señora metió la mano
derecha en el bolsillo de su bata.
– ¡Uy, lo que tengo
aquí escondido!… ¡Como sé que te encanta, dejaré que te lo comas antes
de dormir para que se te pase el disgusto!
Envuelto en un papel de color plata
sacó… ¡un trocito de chocolate! La pequeña se puso contentísima porque
era lo que más le gustaba en el mundo mundial. Lo pegó al paladar y lo
fue saboreando muy despacio hasta que no quedó ni un poco. ¡Estaba tan
delicioso!… Gracias a la compañía de su madre y al regalito sorpresa,
los miedos se evaporaron como el humo y desaparecieron.
Por fin el silencio se apoderó por
completo del hogar, y tanto el ratón como la niña se quedaron
tranquilamente dormidos, cada uno en su cuarto, cada uno en su cama,
cada uno con su mamá, pero ambos con el mismo sabor a chocolate en la
boquita.
Y así, entre dulces sueños, termina este
bonito cuento que, como ves, confirma algo que todos sabemos: ¡los
monstruos no existen! Lo que no aclara bien es la otra cuestión: ¿quién
asustó a quién?